Nietas de la Memoria https://nietasdelamemoria.com Cetrex new project Fri, 20 Nov 2020 09:31:06 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.4 https://nietasdelamemoria.com/wp-content/uploads/2020/04/cropped-point-6-32x32.png Nietas de la Memoria https://nietasdelamemoria.com 32 32 Pasajera del Winnipeg https://nietasdelamemoria.com/pasajera-del-winnipeg/ https://nietasdelamemoria.com/pasajera-del-winnipeg/#comments_reply Wed, 18 Nov 2020 20:17:43 +0000 https://nietasdelamemoria.com/?p=813 Me llamo Consuelo Ramírez Megías y mi odisea comenzó en Málaga, donde me crié aunque soy granadina de nacimiento. La guerra civil me sorprendió en esta provincia andaluza. Mi marido, José, con el que me había casado en 1933, se…

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Me llamo Consuelo Ramírez Megías y mi odisea comenzó en Málaga, donde me crié aunque soy granadina de nacimiento. La guerra civil me sorprendió en esta provincia andaluza. Mi marido, José, con el que me había casado en 1933, se encontraba en el frente y, ante el avance de las tropas franquistas, que se encontraban ya muy cerca tuve que decidir qué hacer, dónde ir, para salvar la vida de mis dos hijos. El mayor, Rafael, tenía sólo cuatro años y el segundo aún no había nacido pero ya crecía en mi vientre.

Como muchísimas mujeres, ancianos y niños que se encontraban en la misma situación, anduvimos día y noche. Cualquier lugar era bueno para ocultarnos de las balas y los bombardeos. No teníamos comida y fuimos alimentándonos de lo encontrábamos por el camino para no morir de hambre. Los lugares abandonados y todo aquello que pudiera suponer un refugio se convertía en nuestro hogar por unas horas o unos días. Salvar a mis hijos de los peligros que nos acechaban era mi obsesión y, con este arrojo, más de una vez tuve que proteger al pequeño Rafael con mi propio cuerpo de los bombardeos de los aviones que no distinguían entre niños o mayores, entre combatientes o civiles.

Continuamos en nuestra huida hasta Tarragona, donde quiso venir al mundo mi pequeño Enrique. Aún no sé cómo fui capaz de completar mi embarazo en medio de aquellas penurias, del hambre, del miedo, de las largas caminatas… Y siempre con José en mi mente, sin saber si continuaba con vida, dónde estaría, si estaba herido, si algún día podríamos volver a encontrarnos porque no teníamos manera de comunicarnos con él. Mis niños y yo, solos, en una huida con un final por escribir. En medio de una espantosa guerra que no nos había traído más que desgracias y destrucción.

Aunque todos los que pretendíamos dejar atrás las bombas estábamos atados a la misma suerte y nada teníamos más que lo que podíamos arrastrar con nosotros, en ese largo camino me hice amiga de Luisa, una mujer que me ayudó a velar por los niños, conseguir algo de comida y enjugar mis lágrimas. Juntas compartimos el miedo y la tristeza presente en cada alma que en aquellos días buscaba huir de la guerra.

Luisa, mis hijos y yo cruzamos Los Pirineos en pleno invierno. Aún hoy no sé cómo fuimos capaces de soportar aquellas temperaturas, arropar como podíamos a los dos pequeños para que no murieran de frío y sobrevivir medio congeladas a los largos trayectos sobre la nieve. Al fin llegamos a Francia donde pudimos ponernos a resguardo en un campamento. El abrigo que llevaba puesto desde que salí de Málaga el primer día, me arrastraba por el suelo de lo grande que se me había quedado. Demasiados meses de hambre, angustia y terror. Entre las escenas que nunca se me han olvidado, recuerdo la desesperación de muchas madres por conseguir agua para preparar los biberones de los bebés. En una estación de ferrocarril francesa, tras pasar Los Pirineos, suplicamos a un maquinista que nos diera agua pero no nos entendía y nadie hablaba francés para poder traducir. El pobre hombre lloraba de impotencia porque no sabía cómo ayudarnos.

Mis hijos y yo fuimos seleccionados para embarcar en el Winnipeg, un viejo carguero que, a toda prisa, pudo ser acondicionado para albergar pasajeros. Rodrigo Soriano, embajador de España en Chile, escribió una carta al presidente chileno Pedro Aguirre Cerda en la que solicitaba la colaboración de este país latinoamericano, y para tales efectos, el gobierno designó a Pablo Neruda como cónsul para la inmigración española en Francia. El aporte del poeta fue crucial, sin duda, porque la empresa estuvo a punto de caer y Neruda la mantuvo hasta el final. Pero yo no quería irme sin mi marido del que no tenía ninguna noticia. Tres días antes de que el barco abandonara la costa francesa, apareció mi José. Andrajoso, flaco, cansado, con una larga barba, pero vivo y dispuesto a embarcar con nosotros.

El barco de la esperanza, como fue denominado por el exilio español,  zarpó del puerto de Pauillac en Burdeos (Francia) el 4 de agosto con 2.400 pasajeros. Un mes duró el viaje.

El 2 de septiembre de 1939, el Winnipeg llegó al puerto de Valparaíso y el 3 comenzamos a desembarcar. Éramos uno más porque en la travesía nació una niña a la que pusieron de nombre América Winnipeg. Nos llevaron en tren hasta la capital, Santiago de Chile donde las autoridades gubernamentales nos brindaron apoyo durante seis meses con alojamiento, comida y colegio para los niños. Y allí hicimos nuestra vida, allí nació mi tercer hijo, Américo Daniel once años después, y mis catorce nietos.

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Una joven novia https://nietasdelamemoria.com/una-joven-novia/ https://nietasdelamemoria.com/una-joven-novia/#comments_reply Tue, 17 Nov 2020 09:14:04 +0000 https://nietasdelamemoria.com/?p=1042 Los paisajes manchegos me vieron nacer a principios del siglo XX, en 1900. A aquella niña le pusieron por nombre Benedicta Claudia Contreras Donaires. Mucho he visto desde entonces y la vida me enseñó pronto a sufrir porque me quedé…

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Los paisajes manchegos me vieron nacer a principios del siglo XX, en 1900. A aquella niña le pusieron por nombre Benedicta Claudia Contreras Donaires. Mucho he visto desde entonces y la vida me enseñó pronto a sufrir porque me quedé huérfana siendo muy pequeña. Mi madre fue la primera que nos dejó  y mi padre falleció cuando yo tenía 16 años. No me quedé desamparada porque mi hermana mayor, Ángela, me acogió en su casa y me hizo formar parte de su familia.

Pero yo quería mi propia casa, mi propia familia y no compartir con mi hermana y su marido un hogar que, a veces, se me presentaba extraño. Con sólo 18 años me casé con Teodoro, un funcionario de correos que me llevó al altar muy joven pero honradamente aunque las malas lenguas pronto se apresuraron a pensar que, quizá, podría estar embarazada. No era así. Lo que sí tuve que hacer fue pedir permiso a mis tíos paternos porque, entonces, la mayoría de edad se alcanzaba a los 23 años y, sin su autorización, no podía casarme.

Vivíamos en Mota del Cuervo (Cuenca), mi pueblo natal, y antes de cumplir los 20 años ya había formado una familia junto a Teodoro y mi primer hijo, Edmundo. Al segundo, Ramón, le enterré a los pocos meses de nacer y nunca he dejado de llorar por él. Después llegaron otros cinco vástagos más, todos varones menos una niña preciosa. Mi marido llegó a ser el jefe de la estafeta de correos de la localidad y nuestra vida transcurría tranquila entre el trabajo de Teodoro y las tierras familiares que contribuían también a nuestro sustento.

Llegó la guerra y todo cambió. Teodoro, que entonces era también concejal del Partido Socialista, y mi hijo mayor, Edmundo, fueron llamados a filas para defender la República. Mi hijo formó parte de lo que se llamó “La Quinta del Biberón” e4n 1938, unos críos a los que se entregó armas para defender el orden constitucional legítimo ante el avance de los fascistas y la desesperación de las tropas republicanas que perdían  terreno día a día. Edmundo fue destinado a la zona de Valls de Segó, entre Sagunto y Almenara en la provincia de Valencia. Estaba destacado en la intendencia y nunca entró en batalla ya que estos efectivos se encontraban allí como refuerzo de los frentes de Teruel  y Valencia. Mi marido Teodoro, por el contrario, fue llamado a filas para incorporarse a la llamada “Quinta del saco” integrada por hombres que pasaban ya de los cuarenta pero no se incorporó porque desempeñaba en el ayuntamiento labores burocráticas. Veinte años separaban al padre del hijo.

Cuando acabó la guerra, Edmundo volvió a casa. Sabía que yo estaba sola con sus hermanos y a merced de los vencedores. No salió de su asombro cuando vio que, en nuestro hogar, se había  instalado un grupo de soldados de las tropas africanas que, exultantes tras la victoria de los golpistas, pararon en nuestra casa varios días. Mota del Cuervo se había mantenido firme en su defensa de la República hasta el final y, para avergonzarnos, decidieron instalar en nuestra vivienda, “la casa de un rojo” a miembros del temido Ejército de África. Con ellos nos vimos obligados a convivir y a sufrir el escarnio que suponía ver al mando de aquella tropa ocupando mi propia habitación mientras, tan solo separadas por una cortina, dormíamos mi hija de nueve años y yo.

En estos días, Teodoro ya estaba preso. Le detuvieron en cuanto acabó la guerra. Primero le mantuvieron preso en Mota del Cuervo y de allí se lo llevaron al castillo de Belmonte, una localidad situada a sólo 16 kilómetros. Pero su periplo no terminó ahí porque, posteriormente fue trasladado al magnífico monasterio de Uclés que fue utilizado como cárcel por el nuevo Gobierno fascista. De Uclés fue traslado a la prisión de Ocaña, en Toledo, donde coincidió con el poeta Miguel Hernández y luego a la Prisión Provincial de Cuenca y al Convento de San Pablo,  hoy Parador de Turismo de la ciudad. Durante estos dos años y medio de cárcel en cárcel, mi hijo Edmundo y yo no paramos de llamar a cuantas puertas era preciso para terminar con su cautiverio. Y entre una y otra nos fuimos dejando gran parte del patrimonio familiar en invitaciones y pagos a las nuevas autoridades para conseguir su libertad. Cuando, por fin, logramos sacarla de la cárcel, le condenaron a un año destierro en la localidad alicantina de Villena y, tras esos 12 meses alejado de la familia, volvió a casa donde tuvo que cumplir otra pena de arresto domiciliario. A cada cárcel fui a visitarle y aprovechaba esos fugaces encuentros para informarle de cuantas gestiones hacíamos Edmundo y yo para conseguir su libertad.

Y aún nos quedaba resolver también la situación de Edmundo.  Conseguí que personas afines a la Nueva España, que conformaban aquellos tribunales compuestos por las fuerzas vivas de cada población encargados de “depurar” a quienes que se habían mantenido fieles a la República, declararan a mi hijo “indiferente”. ¡Quién sabe lo que hubiera sido de él si no empiezo a llamar a todas las puertas posibles! Habría acabado en un campo de concentración o fusilado. Aún así, tuvo que cumplir tres años de servicio militar pero fue lo menos que podía pasarle porque, desgraciadamente, otros salieron peor parados. Durante todo este tiempo, la familia de mi marido nos ayudó a sobrevivir y, aunque mi Teodoro era el garbanzo negro por sus ideas socialistas, nunca nos dejaron solos.

Al final de mis días me sentía una mujer fuerte y liberada. Incluso me atrevía a fumarme un cigarrillo el día de la boda de mi nieta bajo la mirada incrédula de Teodoro al que dije con rotundidad “hoy se casa mi nieta y voy a fumar”.

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Vino y espinas https://nietasdelamemoria.com/vino-y-espinas/ https://nietasdelamemoria.com/vino-y-espinas/#comments_reply Mon, 16 Nov 2020 09:30:56 +0000 https://nietasdelamemoria.com/?p=1048 La Guerra fue una experiencia muy dura y al dolor de las pérdidas humanas tuve que sumar la de tener que abandonar mi pueblo, La Riera de Gaià, en la provincia de Tarragona. Me llamo Aurèlia Subè Cabrè y nunca…

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La Guerra fue una experiencia muy dura y al dolor de las pérdidas humanas tuve que sumar la de tener que abandonar mi pueblo, La Riera de Gaià, en la provincia de Tarragona. Me llamo Aurèlia Subè Cabrè y nunca olvidaré el día en que tuve que enterrar a mi hijo. Tenía sólo 19 años.

Nuestra vida transcurría tranquila, con la agricultura como base de nuestra economía y trabajando nuestras tierras pero el estallido de la Guerra Civil lo trastocó todo. Ya nadie estaba seguro porque los propios vecinos no dudaban en denunciarte si tus ideas no coincidían con las suyas o, incluso, aprovechaban estos señalamientos para vengarse de viejas rencillas. Y así fue como perdí a mi hijo en el Frente de Pallars. No fueron las bombas ni las balas, sino la denuncia de un vecino de nuestro mismo pueblo. Realmente, a quien quería matar era a mi marido pero, en aquellas fechas, se había ido a trabajar a su ciudad natal, Reus, donde dirigía una fábrica textil. Como no pudo encontrar al padre, nos quitó a nuestro niño al que habían encargado la intendencia. El argumento fue que no podía tener esa responsabilidad alguien que estudiaba en un colegio religioso.

Con la pena de la muerte de mi hijo, continuamos nuestra existencia en medio de aquellos combates sin sentido. Las tropas de la República no lograban contener el avance de los fascistas y ya, en los últimos días de la contienda, habían llegado al pueblo de al lado, El Catllar. Entre los soldados republicanos cundía ya el desánimo y algunos de sus mandos, desesperados, perdían el Norte.

En uno de estos episodios de desesperación me vi envuelta a finales de enero de 1939, dos meses antes de la finalización de la Guerra. Un oficial, ebrio y nervioso, ordenó formar a todos los hombres mayores del pueblo y a otros vecinos, que por su edad u otras circunstancias no se encontraban en el frente, en la acera de delante de mi casa. Entre ellos estaba mi marido, que había vuelto de Reus en 1938, expectante y extrañado de las intenciones del militar. Pronto salió de dudas cuando, con la dificultad que provocaba su exceso de alcohol, anunció, pistola en mano, que los iba a fusilar a todos. Yo ya había perdido un hijo y no estaba dispuesta a perder también a mi marido. Ante la evidencia de que al oficial le gustaba la bebida, le convencí para que probara un vino excelente que teníamos en la bodega. Nada menos que una cosecha de 1921. No hizo falta insistir. Rápidamente aceptó mi ofrecimiento, dejó a los hombres allí formados y me acompañó a la bodega. Le puse el tonel a su disposición y no tardó en dar buena cuenta del preciado caldo. Durmió profundamente durante toda la noche y, al día siguiente, cuando despertó se marchó. Nunca sabríamos si sus intenciones de fusilar a todos aquellos hombres eran ciertas o una intimidación más de las que en aquellos días formaban parte de nuestras vidas pero lo que sí supimos es que nadie resultó herido o muerto.

Dos meses quedaban para el final de la guerra y el pueblo de al lado, El Catllar, ya estaba en poder de los franquistas. El avance se detuvo entre esta localidad y mi pueblo, Riera de Gaià.

Estuvimos aquí hasta 1940 cuando nos decidimos a trasladarnos a Barcelona con mi otro hijo que tenía entonces dieciocho años y después de que mi marido perdiera el trabajo. Yo no podía seguir cruzándome con el asesino de mi hijo, estaba agotada de llorar en silencio, de mantener mi fortaleza para contrarrestar la debilidad de mi marido y lo mejor era alejarnos de Riera y emprender una nueva vida lejos de aquel dolor que me estaba consumiendo.

Mi marido encontró trabajo como agente comercial de calzado y, poco tiempo después y tras su formación académica, mi hijo se empleó como administrativo en una empresa de carpintería de unos tíos.

Parecía que la vida nos daba algún respiro lejos del pueblo en una ciudad grande como Barcelona pero la desgracia nos venía persiguiendo y, en 1943, mi cuñado y hermano de marido, se suicidó dejando sin padre a cinco hijos. Había perdido su empleo de directivo en una  fábrica de uralita por ser de izquierdas y catalanista.

Nunca fui a llevar flores a ningún cementerio porque no sabía dónde estaba mi hijo y, por suerte, la salud me permitió vivir hasta los 90 años y dejar este mundo cinco meses antes de que falleciera Aureli, mi segundo hijo. Creo que no habría soportado enterrar a otro de mis retoños. Todos decían de mí que era una mujer dura, que no contaba nada, pero la pena se me instaló en el alma tan pronto que preferí guardar silencio y dedicarme a cocinar, mi verdadera pasión.

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