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Otras nietas. Historias de otras abuelas, contadas por sus nietas, a modo de homenaje a la memoria

No os llevéis a mis hijas

El trabajo diario para subsistir ocupaba todo mi tiempo y el de mi marido en Farasdués, un pueblo de las Cinco Villas situado a catorce kilómetros de Ejea de los Caballeros, en la provincia de Zaragoza donde vi la luz un 25 de marzo de 1901. Hoy mi pueblo es ya un barrio de Ejea. Soy María Millán Pardo.

No había ni tiempo ni dinero para estudiar y mi analfabetismo infantil y juvenil tuve que revertirlo mucho más tarde. Pero mis ideales políticos estaban claramente a favor de la República y el feminismo frente a las ideas conservadoras del fascismo.

Me casé con Pedro Melero Laita y tuvimos 6 hijos antes de que estallara la guerra. Dos de ellos, dos niños gemelos, murieron a los cinco meses de nacer y en aquel momento teníamos a Pilarín (9 años), Sinaíta (6 años), Humildad (3 años) y Aída de sólo cuatro meses. Todos vivíamos del sueldo de jornalero que tenía mi marido.

Mi compromiso con las ideas republicanas y la defensa del feminismo casi me cuestan la vida pero nunca olvidaré aquel mitin de Indalecio Prieto el 17 de mayo de 1936 en Ejea de los Caballeros al que acudí movida por la efervescencia popular de la II República y el deseo de mejorar la vida de las clases trabajadoras. Nunca renuncié a mis ideas y las he llevado siempre como bandera ahí donde haya ido.

Al declararse la guerra en Farasdués había un pacto, de manera que según que bando entrara saldría a recibirlos una persona determinada, D. Antonio Aisa si entraban los fascistas o el alcalde si entraban los republicanos. Al entrar el bando fascista salió a recibirlos el primero de ellos con tan mala suerte que una persona del pueblo que tenía rencillas contra él lo mató en la puerta de su casa. El suceso dio la excusa perfecta a las tropas fascistas para tomar Farasdués y castigar de manera cruel a sus vecinos.

Cuando vieron a las tropas, mis hijas estaban jugando en la plaza, echaron a correr y se escondieron donde pudieron. Pilarín, que era la mayor, estaba cansada de oír a una de sus ‘amigas’ que “cuando vengan los nuestros (en referencia a los sublevados) vais a pasarlo mal” y se reía. El recuerdo de estas palabras y la impresión de ver entrar a los militares, provocó en Pilarín un estado de nerviosismo que la tuvo tres días con tembleques y temores para terminar muriendo. Creo que se le heló la sangre y la impresión pudo con ella.

Mi marido huyó a los montes porque le habían denunciado y, junto, a uno de mis hermanos – Teodoro Millán Pardo- se escondió en unas cuevas de un monte que se llama Puipastelillo, en Farasdués, donde ya se encontraban vecinos de mi pueblo y otros de los alrededores como Ores.  Yo iba todos los días a llevar noticias a los hombres escondidos en el monte y un día me enteré en el pueblo de que alguien los había denunciado y las tropas iban a ir a matarlos. Ni corta ni perezosa y para no levantar sospechas, fui con una de mis hijas y una sobrina a avisarlos y pudieron escapar a Francia. El último en abandonar el monte fue mi hermano Teodoro que no quiso marcharse hasta ver que estábamos a salvo.

Me quedé en casa sola con mis tres hijas y fue entonces cuando el cura del pueblo aprovechó para decirme que los nombres que tenían mis niñas había que cambiarlos porque no eran cristianos. Humildad pasó a llamarse Pilarín (como mi pequeña que había muerto), Sinaita pasó a llamarse Purificación y la pequeña pasó de llamarme Aida a ser Josefina.

El 1 de mayo de 1937, bajo el pretexto de que su padre estaba muerto, (lo que no era cierto) me quitaron a dos de mis hijas, Pilarín y Puri. Lloré, supliqué y me arrodillé para que no me  quitaran a mis hijas pero el cura fue inflexible. Sólo me dijo que, si las daba por las buenas, se quedarían en Aragón y podría visitarlas. Si, por el contrario, ponía trabas, las llevarían a Rusia y no las volvería a ver. Al final, las dos fueron a parar a Borja donde iba todos los años con mi niña pequeña, para verlas. Tuve suerte porque las familias que las acogieron eran buenas  y nos dejaban verlas y pasar unos días con ellas. Nunca dejaron de llamarme y siempre nos mantuvimos en contacto.

Me habían quitado a dos de mis hijas y mi marido estaba en Francia pero yo no había cambiado mis ideas. Escuchaba La Pirenaica en casa junto a varios vecinos del pueblo, unos encuentros a los que acudían también muchas mujeres con las que hablaba de feminismo. Fui denunciada y detenida dos veces. La primera vez  vinieron a casa falangistas de Farasdués para, según ellos, matarnos.  Me sacaron junto a mi madre Paulina, mi hermana Josefina, mi niña de cuatro meses y mi sobrino Amador de cuatro años. A Amador lo dejaron llorando en medio de la calle y solico y a las demás nos llevaron al Ayuntamiento donde, en la plaza, nos hicieron subir a un camión. Me quisieron quitar a mi hija de los brazos y les dije que, si nos iban a fusilar lo hicieran con mi hija si tenían vergüenza y nos mataran a todas juntas. No se atrevieron y me hicieron bajar del camión, pero mi madre y mi hermana fueron conducidas a Erla donde las fusilaron un 27 de agosto de 1936. Ambas murieron abrazadas y cayeron juntas. Posteriormente se llevaron también a una de mis cuñadas,  Raimunda Melero y creemos que la fusilaron también en Erla.

Mi pequeña y yo vivíamos de lo que iba trabajando en las casas y aguantábamos desprecios de todos como los de las mujeres de Acción Católica que daban comida a todos los niños de pueblo por Navidad menos a mi hija.

Fui detenida una segunda vez, también con mi hija, y conducida a la cárcel de Ejea. Allí compartí celda con diez mujeres de Uncastillo (que fusilaron en Farasdués y, actualmente, han sido exhumadas) y  la maestra de Castilícar, Cándida Bueno Iso, de quien me hice muy amiga. Cogía a mi niña en brazos y le decía “Marieta, Marieta (así la llamaba) si sobrevives a esta barbarie, cuántas cosas tendrás que contar”. A Cándida se la llevaron a fusilar a Farasdués no sin antes haber sido violada por tres hombres en el trayecto. Era muy guapa y muy religiosa y su delito fue decir que no quería a un mando militar que la pretendía, además de sus ideas. Aún recuerdo  una medalla que llevaba siempre colgando y unos zapatos rojos que son los que llevaba cuando la sacaron de la cárcel y la llevaron a Farasdués.

Una vez terminada la guerra, aprendí a leer y escribir y, también enseñé a mi hija que, con sólo nueve años, ya estaba trabajando cuidando un niño y no pudo ir al colegio. Salimos adelante como pudimos en aquellos difíciles años de guerra y posguerra pero siempre íbamos a ver a mis otras dos hijas lo que nos daba fuerzas y ánimo para continuar. Mi marido volvió de Francia en 1942 y tuvimos otros tres hijos más a los que siempre oculté mi tristeza. Incluso, les enseñé a bailar. La que más sufrió, sin duda, fue mi pequeña Josefina porque nunca pudo olvidar los seis años que pasamos juntas y solas, sobreviviendo como podíamos.

Posdata de Josefina, hija de María Millán Pardo

Sirva la historia de mi madre como homenaje a tantos hombres y mujeres que murieron, lucharon y tuvieron que huir por defender sus ideas, no se achicaron y lucharon aun a costa de morir ante un paredón de fusilamiento.

No podemos hablar de perdón, tampoco de odio pero de lo que nunca jamás hablaremos será de olvidar. La historia está ahí para enseñarnos a seguir con lo bueno y nunca repetir lo malo, y las guerras solo traen muerte y destrucción.

Gracias madre por ser tan valiente, ojalá todos fuéramos como tú, fiel a tus ideas y principios y ojalá seamos capaces de enseñar a nuestros hijos lo que tu me enseñaste, a ser fuerte, luchadora y no dejarme acobardar por nadie, cueste lo que cueste. Me enseñaste el inconmensurable poder de la fuerza, esa que te acompañó he hizo de ti UNA GRAN MUJER.

Esta entrada tiene 2 comentarios
  1. Sinceramente, me conmueve tanto el sufrimiento de tantas personas inocentes, pero aún más estás mujeres que la gran mayoría viudas con sus hijos tuvieron que sacar adelante solas, bajo sus verdugos para mí son HEROÍNAS, y por eso PPVOX, los herederos del franquismo nos tienen tanto miedo, llevamos en los genes a estas mujeres, y por ellas tenemos que darles voz

  2. Impresionante testimonio María Victoria, me has recordado fragmentos relatos que me contaba mi abuela materna Basília, que vivía en Farasdués, como el pasaje del asesinato de la maestra.
    Tu esfuerzo, aunque doloroso tendrá un hermoso fruto: el reconocimiento a tu abuela, a una mujer fuerte, integra y valiente.
    No las olvidaremos jamas, las palabras escritas permanecen y guardarán su memoria
    Otra nieta

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Un relato escrito por:

María Victoria López Melero
María Millán Pardo y sus tres hijas
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