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Otras nietas. Historias de otras abuelas, contadas por sus nietas, a modo de homenaje a la memoria

Pasajera del Winnipeg

Me llamo Consuelo Ramírez Megías y mi odisea comenzó en Málaga, donde me crié aunque soy granadina de nacimiento. La guerra civil me sorprendió en esta provincia andaluza. Mi marido, José, con el que me había casado en 1933, se encontraba en el frente y, ante el avance de las tropas franquistas, que se encontraban ya muy cerca tuve que decidir qué hacer, dónde ir, para salvar la vida de mis dos hijos. El mayor, Rafael, tenía sólo cuatro años y el segundo aún no había nacido pero ya crecía en mi vientre.

Como muchísimas mujeres, ancianos y niños que se encontraban en la misma situación, anduvimos día y noche. Cualquier lugar era bueno para ocultarnos de las balas y los bombardeos. No teníamos comida y fuimos alimentándonos de lo encontrábamos por el camino para no morir de hambre. Los lugares abandonados y todo aquello que pudiera suponer un refugio se convertía en nuestro hogar por unas horas o unos días. Salvar a mis hijos de los peligros que nos acechaban era mi obsesión y, con este arrojo, más de una vez tuve que proteger al pequeño Rafael con mi propio cuerpo de los bombardeos de los aviones que no distinguían entre niños o mayores, entre combatientes o civiles.

Continuamos en nuestra huida hasta Tarragona, donde quiso venir al mundo mi pequeño Enrique. Aún no sé cómo fui capaz de completar mi embarazo en medio de aquellas penurias, del hambre, del miedo, de las largas caminatas… Y siempre con José en mi mente, sin saber si continuaba con vida, dónde estaría, si estaba herido, si algún día podríamos volver a encontrarnos porque no teníamos manera de comunicarnos con él. Mis niños y yo, solos, en una huida con un final por escribir. En medio de una espantosa guerra que no nos había traído más que desgracias y destrucción.

Aunque todos los que pretendíamos dejar atrás las bombas estábamos atados a la misma suerte y nada teníamos más que lo que podíamos arrastrar con nosotros, en ese largo camino me hice amiga de Luisa, una mujer que me ayudó a velar por los niños, conseguir algo de comida y enjugar mis lágrimas. Juntas compartimos el miedo y la tristeza presente en cada alma que en aquellos días buscaba huir de la guerra.

Luisa, mis hijos y yo cruzamos Los Pirineos en pleno invierno. Aún hoy no sé cómo fuimos capaces de soportar aquellas temperaturas, arropar como podíamos a los dos pequeños para que no murieran de frío y sobrevivir medio congeladas a los largos trayectos sobre la nieve. Al fin llegamos a Francia donde pudimos ponernos a resguardo en un campamento. El abrigo que llevaba puesto desde que salí de Málaga el primer día, me arrastraba por el suelo de lo grande que se me había quedado. Demasiados meses de hambre, angustia y terror. Entre las escenas que nunca se me han olvidado, recuerdo la desesperación de muchas madres por conseguir agua para preparar los biberones de los bebés. En una estación de ferrocarril francesa, tras pasar Los Pirineos, suplicamos a un maquinista que nos diera agua pero no nos entendía y nadie hablaba francés para poder traducir. El pobre hombre lloraba de impotencia porque no sabía cómo ayudarnos.

Mis hijos y yo fuimos seleccionados para embarcar en el Winnipeg, un viejo carguero que, a toda prisa, pudo ser acondicionado para albergar pasajeros. Rodrigo Soriano, embajador de España en Chile, escribió una carta al presidente chileno Pedro Aguirre Cerda en la que solicitaba la colaboración de este país latinoamericano, y para tales efectos, el gobierno designó a Pablo Neruda como cónsul para la inmigración española en Francia. El aporte del poeta fue crucial, sin duda, porque la empresa estuvo a punto de caer y Neruda la mantuvo hasta el final. Pero yo no quería irme sin mi marido del que no tenía ninguna noticia. Tres días antes de que el barco abandonara la costa francesa, apareció mi José. Andrajoso, flaco, cansado, con una larga barba, pero vivo y dispuesto a embarcar con nosotros.

El barco de la esperanza, como fue denominado por el exilio español,  zarpó del puerto de Pauillac en Burdeos (Francia) el 4 de agosto con 2.400 pasajeros. Un mes duró el viaje.

El 2 de septiembre de 1939, el Winnipeg llegó al puerto de Valparaíso y el 3 comenzamos a desembarcar. Éramos uno más porque en la travesía nació una niña a la que pusieron de nombre América Winnipeg. Nos llevaron en tren hasta la capital, Santiago de Chile donde las autoridades gubernamentales nos brindaron apoyo durante seis meses con alojamiento, comida y colegio para los niños. Y allí hicimos nuestra vida, allí nació mi tercer hijo, Américo Daniel once años después, y mis catorce nietos.

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Un relato escrito por:

Loreto López Rodríguez
Consuelo Ramírez Megías
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