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Otras nietas. Historias de otras abuelas, contadas por sus nietas, a modo de homenaje a la memoria

Una almohada y unos cordones

Apenas llevaba unos minutos en este mundo y la muerte ya era mi compañera. Mi hermana gemela y mi madre murieron en mi parto. De las tres, sólo sobreviví yo. Corría el año 1907 en el pueblo zamorano de Moraleja de Sayago, a 46 kilómetros de la capital. Me llamo Isidra Morán Esteban y, huérfana de madre nada más nacer, fui criada por mi tía hasta que mi padre se volvió a casar. Tuve mucha suerte porque aquella mujer me trató como si fuera su propia hija.

Me casé joven con Serafín, un hombre bueno de mi mismo pueblo que se dedicaba a la tala de encinas en todo el término municipal. Tuvimos cuatro hijos, Teodora, Agustín, Leonila y Perfecta. El 14 diciembre de 1936, mi marido andaba en sus quehaceres por el campo, en la Dehesa de Viloria, cuando le obligaron a subirse a una camioneta junto a otros seis hombres, su hermano Ángel, Nicomedes, Santiago, Isaac, Domingo y Andrés. Enseguida se corrió la voz por el pueblo y, a algunos, los acercaron hasta el colegio para que pudieran despedirse de sus hijos pero Serafín no tuvo esa suerte. Mi hija mayor, Teodora, no pudo decir adiós a su padre y siempre ha recordado que tuvo que hacer la comunión de riguroso luto. Marcada. Ese día, mi pequeña Perfecta cumplía tres meses.

Estaba aterrada pero no podía quedarme parada y al día siguiente cogí sola el coche de caballos, que iba diariamente a Zamora, y me presenté en la cárcel provincial con una cesta en la que había puesto algo de comida y una almohada porque me habían dicho que los presos no tenían y mi Serafín no iba a poder dormir sin ella. Pero ya era tarde. La madrugada del día 15 de diciembre habían fusilado a todos en el cementerio de Zamora y enterrado en una fosa común. A todos. A los siete.

Yo tenía 29 años y cuatro hijos de siete, cuatro, tres años y un bebé de tres meses. Ya nada volvió a ser igual. Al dolor por la muerte de mi marido se sumó el de tener que separarme de mis hijos porque yo sola no podía criar a los cuatro. Me fui a casa de mi padre y mi madrastra con mi hija mayor, Teodora, y la pequeña Perfecta. Mi Agustín se quedó con sus abuelos paternos que vivían en el mismo pueblo y de Leonila, que tenía sólo tres años, se hizo cargo mi cuñada, hermana de mi marido, que vivía y trabajaba en una dehesa cercana al pueblo.

Agustín, en cuanto creció y pudo, comenzó a trabajar para ayudarme. Yo, mientras, no decía que no a ninguna tarea. Trabajaba en el campo, en el huerto de la familia, lavaba ropa para todo aquel que me lo pedía en la ribera del río helado en invierno, planchaba para varias familias y cosía. Todo para sacar adelante a mis hijos. Agustín volvió con nosotros y también Leonila, cuando cumplió los seis años. Había vivido tres años con mi cuñada y siempre tuvo el corazón dividido entre las dos familias, lo que partía el alma. Fue el precio que tuve que pagar por la ayuda que me prestaron.

A los cinco años del asesinato de Serafín, notificaron al Ayuntamiento de Zamora que la fosa común donde se encontraban los restos de los siete hombres de Moraleja de Sayago fusilados iba a ser abierta. Fui con mi suegro al cementerio de San Atilano para estar presentes en el momento en que apareciera mi marido. Y, allí estaban, juntos, los siete, entre ellos mi marido y mi cuñado. Sólo pude recoger algunos dientes de Serafín y mi suegro reconoció una bota que identificó por la forma peculiar de atarse los cordones.

Solicité al Ayuntamiento de la capital un lugar para enterrar a los siete  y los familiares de los otros cinco hombres no pusieron ningún reparo a que descansaran juntos, como habían muerto.

¿Qué delito había cometido Serafín? Soñar que las cosas podían cambiar, soñar que también los jornaleros del campo tenían derechos, soñar que podía reclamar un jornal más justo, soñar que podía aspirar a una vida mejor para sus hijos, soñar con menos privaciones para ellos, soñar en darles estudios y educación, anhelar un poco de prosperidad para su familia.

Pero no le perdonaron que soñara en voz alta. Serafín se integró en una sociedad agraria que reivindicaba los derechos de los jornaleros del campo y un uso más igualitario y justo de los pastos comunales típicos de la comarca sayaguesa. Y se significó dando su apoyo público en las elecciones a aquellos candidatos que defendían una reforma agraria que hiciera del mundo rural de la época un lugar más humano y habitable. Ese fue su delito y por ello acabó en una fosa común con su hermano y otros cinco vecinos de su pueblo. Sin juicio. Sin ninguna oportunidad.

Gracias a todos los que conservaron su dignidad en aquellos hechos, en especial al cura del pueblo que se negó a firmar la lista de los elegidos para el paredón, aunque desgraciadamente no hiciera falta ir muy lejos para encontrar otro cura dispuesto a hacerlo, a todas aquellas familias del pueblo que me ayudaron a  sacar adelante a mis cuatro hijos por encima del miedo y el terror impuestos y a quienes
me facilitaron la recuperación de sus restos. Siempre tuve mucho más que otros… un lugar donde llorarlo y donde llevarle flores. Allí siguen reposando los restos de los siete.
A los otros…, ni siquiera rencor.

Mi suegro conservó la bota de su hijo hasta el final de sus días y con ella fue enterrado. Yo nunca me quité el luto ni de mi ropa ni de mi corazón y guardé siempre la cajita de metal en la que deposité los dientes de Serafín. Con ella fui enterrada en el mismo lugar que descansaba mi marido, mi cuñado y los cinco hombres con los que compartió el último viaje desde Moraleja de Sayago a Zamora.

Esta entrada tiene 3 comentarios
  1. Yo también soy nieta de Isidra. Todos sus nietos la adorábamos, a pesar de que tenía su carácter, y cuando quería darnos una colleja nos la daba sin reparo. Pero nos cuidó, nos cantó, nos amó… No reía mucho, pero a nosotros si que nos hizo reír. Sufrió mucho, pero a nosotros trató de evitarnos el sufrimiento. La hecho de menos todavía… y siempre.

  2. Me gustaría agradecer a Nietas de la Memoria el haber publicado este relato sobre la historia de mi querida abuela. Después de leer el libro descubrí que querían recopilar historias de mujeres de todo el país que, de una manera u otra, habían sufrido las consecuencias de la guerra. Me puse en contacto con ellas y a partir de un texto que había escrito previamente mi hermana Rosabel, me ayudaron a redactar esta historia, con todos los detalles posibles que pude recordar.

    Está dedicada a todas esas valientes mujeres que nos ha dado la vida.

    Mis hermanos y yo siempre estuvimos muy orgullosos de tener tan cerca a esta gran mujer que teníamos por abuela. Cualquiera que la hubiera conocido diría lo mismo.

    Por ella, y por todas.

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Un relato escrito por:

Rocío Encinas Chapado
Isidra Morán Esteban
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